Hace un tiempo escribí esto.
Escribo en esta hoja el recuerdo de tu cuerpo contra el mío.
En medio del deseo que se nos presentó fastuoso, cortante, tus manos luchaban contra mi cuerpo mientras me aferraba con mis brazos al tuyo, como una bestia herida buscando refugio bajo la corteza de tu blanco torso. Una fina y frágil columna vertebral que era recorrida por fibrosas manos de hueso, de maguey, de pedernal. El golem explorando, haciendo paso, allanando en lo oculto de tu cuerpo, perpetrando la arquitectura carnal de una estructura trémula que palpitaba a cada exhalación tuya.
Aquella misteriosa vereda, iluminada, íntima, que con tanto atrevimiento me atreví a pulsar, desataba suaves olas de movimiento de sangre, de músculos. Danza tribal y ondulante, nocturna, cundida sobre nosotros: Dos cuerpos en medio de la oscuridad vertida desde las ventanas, que miraban escandalizadas la imagen. Cristalizadas, diáfanas, ajenas a su derecho de espectadores.
Me abrí paso hacia tu cuello, entre tránsitos de dendritas, pasos de venas y ese espíritu ancestral que tienes en la sangre y que se revolvía aterrado en el bailar de mis labios. Líquido acaudalado y carmíneo recorriendo tu boca, tu cara, tus manos, tu torso, tus piernas, tu sexo. Quejidos roncos inmersos en tu pecho; tambores monótonos, contusos, recios. El corazón que se te desborda de tu tierno pecho níveo como un torrente furioso. Una ola rugiente que me inundaba, que me impregnaba de tí.
Y sin embargo, tanto miedo tuve a desbordar la ambrosía de tenerte, de adentrarte, de poseerte, que te dejé como uno solo, en tu lugar.
Me fui entre corrientes sombrías, y te extrañé.




